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ÉPOCA  ROMANA

 

La Península Ibérica pasó a entrar dentro de la órbita romana como consecuencia de las guerras contra Cartago, cuando Roma se vio obligada a trasladar la lucha a Hispania, tras la primera guerra púnica, con el fin de privar a su enemigo de las riquezas que ésta le proporcionaba. Con este motivo, la República envió a España en el 218 a.C. a Publio Escipión, quien después de transformar la ciudad de Tarraco (Tarragona) en una gran plaza naval, hizo avanzar su ejército más allá del Ebro, extendiendo sus conquistas hasta Andalucía y sucumbiendo finalmente ante las tropas cartaginesas en el 211 a.C. La reanudación de las operaciones para establecer el dominio romano en España recayó en un joven miembro de esta noble familia, P. Cornelio Escipión, quien en el 206 a.C. puso fin al poderío cartaginés en la Península (toma de Gadir), que pasó así a ingresar definitivamente en la esfera de influencia romana.

 

Si originalmente el objetivo del poder romano en la Península Ibérica era únicamente utilizarla como campo de batalla contra los cartaginenses, a partir de la derrota púnica existe la clara intención por parte del senado romano de intentar la conquista y control de Hispania, que se prolongará durante dos siglos, hasta la sumisión de las últimas tribus cántabras.

 

El dominio de la Carpetania, territorio en el que estaría incluida la actual Comunidad de Madrid, aún careciendo de una integración política o administrativa clara que pudiese suponer un peligro, y presentando un suelo y una climatología menos favorecida que la Bética o Levante, constituyó, sin embargo, un objetivo pronto apetecible, dado su carácter de zona de paso, a través de los puertos de la sierra y los valles fluviales, para los que desean desplazarse hacia la depresión del Tajo o viceversa.

 

Este carácter de frontera natural hizo que la Meseta Sur fuera escenario entre los años 200-180 a.C. no de grandes batallas entre romanos e indígenas, pero sí de luchas de escasa importancia en la que los romanos apenas encontrarían resistencia. Hacia los años 186-185 a.C. se nota un intento por parte de la autoridad romana por fijar la frontera Norte de la provincia Ulterior en la línea del Tajo, enlazando así con la frontera de la Citerior con los celtíberos de forma que le sirviera de apoyo. En ese año los pretores C. Calpurnio Pisón y L. Quincio Crispino actuaron conjuntamente en la región, sufriendo una grave derrota cerca de Toledo, de la que después se resarcirían (Tito Livio, XXXIX, 30-31).

 

Entre el 180-150 a.C. apenas hay noticias de movimientos bélicos ni operaciones militares, que, sin embargo, vuelven a reanudarse a partir del 150 a.C., cuando tropas romanas combatieron contra los celtíberos del Norte. Estos pueblos de estirpe céltica se encontraban en un momento de expansión hacia la costa mediterránea, faltos de tierras y condicionados por una situación económica y social desfavorable; expansión que tropezó con el avance romano en la Meseta desde el Sur y el Este. Al Oeste, el poderío militar romano chocó contra los lusitanos de Viriato, que en el año 147 a.C. saquearon la Carpetania sin que el ejercito romano asentado en el Tajo pudiese impedirlo. Viriato se estableció entre el Tajo y el Guadarrama, seguramente en la sierra de San Vicente (parte oriental de Gredos), dominando así todo el territorio de la Carpetania y llegando a apoderarse algún tiempo después de Segóbriga (140-139 a.C.) gracias a un ingenioso ardid (Frontino, III, 10-11). En el año 140 a.C. el cónsul Quinto Servilio Cepión atacó a Viriato y obligó a los lusitanos a huir hacia sus bases en la Meseta occidental (Diodoro Sículo, XXXIII, 7, 19, 21; Floro I, 33, 17; Appiano, Iber., 71-72). Durante los años siguientes, la Carpetania se convirtió en una zona de relativa tranquilidad sobre la que Roma ejerció un control claro, como parece deducirse del papel de aliados o neutrales en las guerras contra lusitanos y celtíberos.

 

A partir del 78 a.C. la región se convierte de nuevo en escenario bélico, esta vez dentro del contexto de guerra civil que asoló la República romana entre los populares de Sertorio y los partidarios de Sila. De esta época data el enfrentamiento de Sertorio con los habitantes de Consabura -la actual Consuegra- (Pseudo Frontino, IV, 5, 19) y Caraca, que vivían en viviendas rupestres y cuevas, y fueron reducidos por los sertorianos mediante una hábil estratagema: levantaron polvo para asfixiarlos, obligándoles a su rendición al tercer día del asedio (Plut. Sert. 17). Ese mismo año, el caudillo popular se apoderó de los valles del Henares y del Tajuña, tomó el corredor del Jalón y avanzó hacia el Mediterráneo, atravesando Complutum y el valle del Júcar. La reacción nobiliar se sintió tres años más tarde con la reanudación de los enfrentamientos en el valle del Henares y no se interrumpiría hasta la muerte de Sertorio en el 72 a.C. La derrota de los sertorianos supuso el paso definitivo del área carpetana al dominio romano. Comienza a partir de entonces un proceso de paulatina romanización del territorio, estabilización y asimilación de las tribus que lo habitaban, siempre de forma pacífica, asegurándose la explotación de sus riquezas y absorbiendo gradualmente el modo de vida de sus ciudadanos al tiempo que se imponían unas costumbres unificadoras.

 

La llegada del Imperio conllevó, además, un proceso acelerado urbanizador. La cultura parece reservada a la urbs, donde se concentran bibliotecas, termas, palestras, etc. y donde la llegada del nuevo modo de vida es aceptado más rápidamente por las aristocracias indígenas. Aunque en principio muchas de ellas sean ciudades estipendiarias o peregrinas (como Complutum, Toletum o Consabura), esto es, sujetas al dominio romano mediante el pago de un stipendium, pronto se transformarán en florecientes municipios (siglo II d.C.), y sus habitantes, generalmente de clases superiores o colonos, disfrutarán del derecho latino.

 

Respecto al territorio hoy ocupado por la Comunidad de Madrid, la mayor concentración de poblamiento en época romana se sitúa en torno a los valles fluviales del Guadarrama, Manzanares, Henares y Jarama, mientras que en las zonas de Guadalix, Colmenar Viejo y el valle del Perales la aparición de restos es menos abundante, debido a las peculiares condiciones climatológicas y del terreno. Las áreas de la sierra parecen contar asimismo con un número menor de poblaciones. No obstante, nuestro conocimiento puede estar condicionado por los resultados de las prospecciones y, en este sentido, deben tomarse con extremada cautela. En concreto los asentamientos romanos de las vegas de los ríos Jarama y Henares obedece a un control de las vías de comunicación, pasando por la zona del Henares la Vía Emérita Augusta (Mérida)-Caesaraugusta (Zaragoza), y la vía que pasando por Torres de La Alameda discurría hacia Valencia (Méndez y Velasco, 1998). Las únicas localidades de las que poseemos noticia a través de las fuentes escritas son Complutum (Alcalá de Henares), Titulcia (proximidades de Aranjuez) y Miaccum (Casa de Campo), aunque sólo la primera ha sido objeto de excavaciones arqueológicas de entidad (Fernández Galiano, 1984; Rascón Marqués, 1995). En realidad, éste es el único núcleo considerado enteramente urbano, pues recoge todas las características que tal concepto implica. El resto de las concentraciones humanas registradas, a pesar de que muchas de ellas llegaron a alcanzar un elevado número de personas, debieron ser simples poblados más o menos desarrollados. Por lo tanto, tras la romanización, la vida continuó con la tónica de épocas anteriores, de manera que la ciudad constituye una excepción dentro de un paisaje eminentemente rural.

Los asentamientos rurales se conocen gracias a los testimonios arqueológicos, como es el caso de las villas altoimperiales, en su gran mayoría centros relacionados con la explotación de la tierra circundante y cuyas edificaciones, tanto domésticas como utilitarias, están conformadas de manera eminentemente funcional. En la mayoría de estas villas, como en Villaverde, Bayona (San Fernando de Henares), el Cerro del Viso (Alcalá de Henares), etc., conviven las cerámicas celtibéricas con las producciones romanas, e incluso algunos núcleos como La Torrecilla o Carabanchel presentan una continuidad en el rito de incineración frente a otros que denotan una clara tendencia hacia la inhumación, práctica que será habitual a partir del siglo IV d.C.

 

En la vega del Jarama, a escasos 2 Km. de distancia de la zona que nos ocupa, se han localizado un grupo de yacimientos de época romana que se disponen en una línea paralela al curso del río. Esta concentración junto a la disposición de tierras de cultivo en franjas estrechas y alargadas (propias del sistema de centuriación romana), que se habrían mantenido desde época romana hasta la actualidad con alteraciones de parcelaciones posteriores, han hecho pensar que en la zona se produjo una repartición de tierras a colonos en un momento del mundo romano aún por determinar. Destaca la presencia de la villa de Barajas, ubicada en el paraje de El Rasillo, en las inmediaciones del pueblo de Barajas, excavado como consecuencia de la extracción de áridos efectuada en las obras de ampliación del aeropuerto de Barajas (Castelo y Cardito, 2000). El yacimiento se encuentra ubicado en la margen derecha del río Jarama sobre la vega del mismo, dentro de la zona de protección arqueológica de las márgenes del Jarama.

 

Del mismo modo, existen restos epigráficos de época romana, como en Barajas, donde se conserva una estela con inscripción latina:”Coelia Melissa Solvit Libenter Templum Istud Jovi Optimo Máximo”, además del hallazgos de monedas de la época de Trajano (O.P.T. Caesar Traianus Hispa.) procedentes posiblemente de un templo (Relaciones Topográficas de Felipe II).

A lo largo del río Jarama se localizan numerosas villas, destacando la villa localizada en Valdetorres de Jarama. A lo largo de cinco campañas de excavación se puso al descubierto un edificio de planta octogonal de época tardorromana, destacando los importantes hallazgos escultóricos y todo tipo de manifestaciones de cultura material realizados en cerámica, metal, vidrio, marfil y hueso. Dicho edificio se ubica alrededor de un patio abierto octogonal con peristilo, alrededor del cual se distribuían ocho estancias habitacionales de planta cuadrangular, entre las cuales se encontraban otras ocho estancias de planta triangular. La cimentación del edificio se realizó con cantos rodados y cal, y el zócalo construido con adobes, mientras que los alzados son de mampostería de sillarejo, sobre los cuales se alzaba una estructura arquitectónica de ladrillo a base de pilares y arquerías, todo ello cubierto por vigas de madera y tejas (Arce et al., 1979; Arce et al., 1997).